A correr que se acaba el mundo
La primera entrega de Maze Runner: Correr o Morir (Maze Runner) culminaba con nuestros jóvenes liberándose del laberinto. Dejando varios misterios sin resolver, presentaba como escena final la visión de un mundo devastado. Se intuía que la segunda parte iba a ser diferente. Lo es.
La comparación con la primera parte entrega algunas certezas. La principal es que narrativamente Maze Runner: Prueba de Fuego (Maze Runner: The Scorch Trials) se pierde sin su laberinto. Y la otra, lo que era concreto y afinado se desborda por su hambre de intensidad. Antes había un objetivo claro: superar el laberinto. Esa simplicidad permitía crear la empatía necesaria para alentar a esos jóvenes enclaustrados. Había un mundo de ciencia ficción, pero también existía algo primitivo en ese señor de las moscas con terrores nocturnos. En cada intento de escape y cada riesgo presentado (que afortunadamente se concretaba para dar sentido al temor), ayudaba a compenétranos con sus personajes y su historia. Aún con su cantidad de enigmas, lograba solidez. En esta segunda parte ¿hacia dónde corren? La meta se va modificando a medida que se hace necesario seguir a la carrera.
Maze Runner: Prueba de Fuego tiene demasiada necesidad de meter vértigo. Sin el maze (laberinto), solo le queda ser runner (corredor). Y eso puede verse como un mérito. O una flaqueza. Cada veinte minutos, nuestros protagonistas van a enfrentar un peligro que los obligará a poner patitas en polvorosa. Circunstancia presentada en la historia, circunstancia que va a culminar en apuro.
Narrativamente Maze Runner: Prueba de Fuego se pierde sin su laberinto.
En el coctel de distopía con infectados/zombies, experimentos, corporaciones crueles, y cataclismo natural, nunca se logra entender la cadena de acontecimientos. La tercera esclarecerá cuestiones (supongo), pero aun así, este acto intermedio se percibe caótico. El desarrollo de la narración resulta más inconexa, transformándose en una película de momentos: el centro de recuperación, el desierto, la aparición de un asentamiento de sobrevivientes, etc, etc. Lo que antes era ajustado, entregando una sensación opresiva (jugando con la incógnita y el terror), se siente disperso, y por eso, genera un resultado irregular. Más personajes, más situaciones, ¿más compleja?. Más revuelta. En ese acumulado algunas resultan más efectivas que otras. Acertando con el terror, no tanto con las relaciones entre sus personajes. Sin espacio para desarrollarlos, la mayoría juega su rol utilitario de manera automática (pobre Teresa, apenas le dan un momento para poder explicar su comportamiento).
Maze Runner es ante todo una licuadora. En ese mix de terror, acción y ciencia ficción, la cuestión principal es meter pedazos (personajes, locaciones, géneros) y dejar incógnitas. Cumple en mantener el interés. Habrá que ver si ciertas grietas del relato se logran explicar una vez concluida la saga. Eso sí, afortunadamente, Maze Runner: Prueba de Fuego tiene una convicción, ir al palo, y como el coyote y el correcaminos, entretener a la carrera.
Título Original: Maze Runner: The Scorch Trials // Dirección: Wes Ball // Reparto: Dylan O’Brien, Kaya Scodelario, Thomas Brodie-Sangster // Guión: T.S. Nowlin // Origen: Estados Unidos (2015) // Duración: 131 minutos // Género: Aventuras, Acción // Fecha de Estreno en ARG: 10 de Septiembre de 2015
















