Los 80′s fueron una época extraña en el cine fantástico de los Estados Unidos. Varias de las producciones de ese período se centraron en ciertos excesos (expresados directa o indirectamente) y en la mirada pesimista propia de la mañana o tarde posterior a los mismos o la noche que los había motivando. Reciprocidad autodestructiva. Había un consenso casi general respecto a que el futuro no sería muy agradable y, bajo la oscuridad de esa rabia punk (que llega a la pantalla una década después respecto a la música), se retomó la distopía como género luego de haber sido abandonada por la literatura.
En el año 1981 se estrenó Escape de Nueva York, en donde el inmenso John Carpenter sitúa como fecha contexto de ese violento futuro al año 1997, subrayando la sensación generalizada de que la fiesta no iba a durar mucho. En 1980 y 1983 se estrenaron respectivamente El Imperio Contrataca y El Retorno del Jedi. La primera era la más desesperanzadora de la trilogía original al plantear que el mal (en este caso la codicia como motor) estaba en los genes culturales y por lo tanto iba a devenir, en su continuación, en un cierre en donde la victoria de la rebelión quedaría enmascarada bajo la idea de un futuro en el cual inevitablemente la historia se repetirá a sí misma. Por otro lado, Ridley Scott estrenó Blade Runner en 1982, cambiando la ciencia ficción para siempre. En 1984 se proyectó por primera vez Terminator, film existencialista por excelencia, no sólo por el planteo sobre el futuro o por la metáfora cristiana que representaba, sino por el rol que jugaba la maternidad en ese (este) universo.
Los ejemplos respecto a esta visión particular que comparten las películas de los ’80 son demasiados, y en ellos se encuentran tanto absolutas obras maestras como otras del montón. Sin embargo, todos los exponentes compartían interesantes planteos políticos. Otro factor común y que desencadenaría en el estreno de RoboCop en 1987, es la evolución respecto a los efectos especiales y sobre todo la manera en que estos efectos fueron elegidos en general, de entre las múltiples posibilidades (porque también existió E.T. en este período) para acentuar y estetizar la violencia como recurso inseparable de estas oscuras visiones premonitorias.
RoboCop es la menor de muchas otras obras de la década, sin embargo, tuvo una trascendencia inesperada y me atrevo a decir que el motivo radica en que es la más ochentosa de todas las películas de ciencia ficción de los ’80.La obra dirigida por Paul Verhoeven llegó a una cumbre tal de sadismo y violencia que no sólo no encuentra precedentes en el cine de acción y ciencia ficción de la década sino que fue una cumbre difícil de alcanzar para los películas posteriores. La extrañeza misma de la época originó la creación de incontables productos de marketing orientados a los niños, a pesar de ser un film con clasificación “R”. Cabe recordar en este aspecto que algunas de las películas infantiles de los ’80 fueron, por ejemplo, Willow, La Historia sin Fin y Laberinto, con David Bowie. Pero trazar una analogía entre la mirada psicodélica y la mirada del niño (particularidad de esta era) merece un análisis aparte.
En el caso de RoboCop, ésta contiene una exacerbación tal de la violencia que la vuelve orgiástica y es gracias a este recurso que no se inscribe en la categoría de film militarizante. En esa Detroit, como en ese universo, reina la violencia desmedida bajo reglas culturales propias basadas en noticieros de 3 minutos, videos juegos bélicos de realidad virtual, corazones artificiales, estúpidos gags cómicos e híper privatización. En esta sociedad la creación de la Ciudad Delta es la utopía capitalista. Un lugar de paz y abundancia de dinero (obviamente para algunos) que para existir sólo necesita de la erradicación de cada delincuente (o sospechoso de serlo) a cargo de un robot. El oficial perfecto entonces, es también el perfecto autómata, ese que troca pensamientos y sentimientos por la adhesión incuestionable a un conjunto de reglas.
En definitiva el mundo no tiene salvación puesto que hay que elegir entre un futuro modelo perverso o un presente en donde la muerte inminente pareciera ser la única seguridad. Entonces, no hay elección. Y si no hay elección la humanidad no existe como tal. La cosificación del cuerpo de Alex Murphy es, por lo tanto, un paso orgánico en la evolución de esta sociedad hacia el control completo del individuo. Es por eso que la primer falla en el sistema de RoboCop es soñar. La última frontera -el control del inconsciente- no pudo ser invadida. Esta idea del inconsciente como última barricada ante la penetración de los medios de control es desarrollada con maestría por Cronenberg en sus películas de la misma década (Scanners, Videodrome, The Dead Zone). Otro tópico en común entre la película y el cineasta canadiense es el planteo de “La Nueva Carne”. RoboCop no es Murphy: es un híbrido defectuoso, y al mismo tiempo, es el más humano.
Trazando un paralelo podríamos decir que la sociedad estadounidense de los ochentas se dividió entre las personas que creían estar viviendo dentro de la película Cortocircuito y los que estaban seguros de estar demasiado cerca de la Detroit de RoboCop.
Revisar nuevamente, con una mirada crítica, el film de Paul Verhoeven resulta en un hallazgo interesante sobre la función del cine como documento de antropología cultural sin necesidad de ser una obra que tenga guardado un lugar de relevancia en la historia del cine.















